Elisabetta Ramonda
Psicóloga | Clínica y orientadora
La historia de Elisabetta Ramonda - Psicóloga | Clínica y orientadora
Conocí Private Community en un momento crucial de mi vida profesional. Soy psicóloga, y justo entonces había decidido dejar un contexto estable, como empleada, para dedicarme al ejercicio libre de la profesión. No era un salto al vacío: dentro de mí había una misión clara, sentida desde hacía tiempo, que pedía espacio. Quería dar voz a un enfoque nuevo en la orientación escolar y profesional, un tema que conozco desde hace años y que veía lleno de posibilidades, no solo para quien debe elegir «qué hacer», sino para quien quiere aprender a conocerse, valorarse y construir una dirección antes de que llegue una crisis.
Tenía formación, experiencia, competencia. Y, sin embargo, me daba cuenta de que faltaba algo. No me faltaba trabajo: seguían llegando personas, peticiones, urgencias. El punto era que, a menudo, no eran las personas con las que de verdad deseaba trabajar. Como clínica, estaba acostumbrada a acoger el problema, la dificultad, el cansancio. Pero yo quería desplazar el centro de gravedad: quería hablar también a quien desea estar bien, a quien quiere trabajar sobre sus propios recursos, a quien siente que puede elegir, crecer y prevenir en lugar de ir siempre a remolque. Y ahí se abrió una fractura sutil y agotadora: creía en lo que quería aportar, pero no conseguía hacerlo concreto en mi día a día.
Dentro de esa frustración había una pregunta que ya no podía evitar: ¿existen de verdad las personas que estoy buscando, o me lo estoy contando a mí misma? Y, sobre todo, ¿cómo hago para llegar a ellas? Fue en ese «cómo» donde entendí la verdad: no era falta de valentía. Era falta de método.
Private llegó como una pieza que faltaba. No como una teoría más, no como una inspiración pasajera, sino como una estructura capaz de bajar a tierra. Yo necesito concreción, necesito experimentar en carne propia lo que funciona. En Private encontré un modelo rápido, tangible, que me permitió integrar partes que faltaban y potenciar las que ya tenía. Me ayudó a salir de la urgencia del «aquí y ahora» - no porque el presente no importe, sino porque cuando te quedas pegada a la gestión diaria acabas sin dejar espacio a la visión. Yo tenía una visión, pero no tenía un sistema que la sostuviera.
Con herramientas concretas definí mejor mi público objetivo, las oportunidades profesionales que deseaba, los socios alineados en valores. Simplifiqué procesos, afiné objetivos, normalicé el ritmo externo con lo que sentía latir dentro. Y, sobre todo, aprendí a hacer espacio. Una de las creencias limitantes más fuertes, para mí, era la idea de que «tener menos» era un riesgo. Seguía diciendo sí a peticiones que ya no encajaban en lo mío, y ese sí automático ocupaba tiempo y energía, restándoselos a lo que quería construir. El intercambio con los demás me ayudó a ver esa dinámica con lucidez, y me dio valentía práctica: no una valentía emocional, sino la valentía de elegir. Empecé a seleccionar, a decir que no, a reducir progresivamente lo que me frustraba, para abrir de verdad espacio a lo que deseaba.
En esto, el intercambio con otros fue la palanca más potente. Porque el intercambio, cuando está protegido y no es juzgador, no te empuja a cambiar de rumbo: te permite ver otros lados y, al mismo tiempo, reforzar el tuyo. Es un doble movimiento. Te amplía la mirada y te hace más sólida. A solas, a menudo te quedas dentro del mismo encuadre: piensas en las mismas cosas, te haces las mismas preguntas, giras en el mismo perímetro. Compartir con otros te mueve, te pone en marcha, te hace descubrir posibilidades que no habías considerado y, paradójicamente, te ayuda a reconocer con más fuerza lo que de verdad es tuyo.
Es aquí donde también comprendí el valor de las visiones interconectadas. Personas diferentes, con roles y contextos distintos, pero unidas por una alineación profunda de valores e intenciones. Cuando encuentras a alguien que habla tu idioma - el más auténtico - no nace solo comprensión: nace confianza, nace sinceridad, nace capacidad de actuar juntos. De ahí surgen conexiones estratégicas que se convierten en alianzas, colaboraciones, integraciones naturales. Y ese sentido de pertenencia cambia la calidad del trabajo: trabajas mejor y estás mejor. Te sientes parte del equipo que siempre habías deseado, aunque no esté físicamente a tu lado.
En un mundo profesional que a menudo alimenta soledad y competencia, en Private encontré un contexto de calma. Aquí no hay nada que demostrar: pones lo tuyo y construyes. Esta sensación - tan simple y tan poco frecuente - me recentró. Me devolvió una manera de trabajar más serena y más productiva, y también una idea más clara de lo que quiero aportar: un valor reconocible, eficaz, fiable, evolutivo.
Entré en Private con un sueño. Creía en él, pero lo veía lejano. Hoy, después de aproximadamente un año y medio, lo veo concreto, tangible, real. Y también por eso elegí ponerme a disposición como Community Manager: porque cuando experimentas un modelo que de verdad funciona, sientes el deseo de convertirte en su testigo activo. No para convencer, sino para mostrar la oportunidad. Porque a veces no hace falta cambiar de dirección. Hace falta un método que la haga posible.